Consciencia, hábitos y creencias - Medicina y calidad de vida - julio 20, 2022

Hablemos de meditación

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Hoy en día los diferentes canales de comunicación que existen entre una cultura y otra nos han permitido entremezclar una serie de prácticas y costumbres que antes no podríamos haber imaginado. Entre ellas se encuentran las denominadas prácticas meditativas que se fueron acercando desde el Oriente hacia el Occidente.

Esto supone una fusión bastante interesante, ya que nuestra cultura occidental e industrializada tiende a alejarse bastante de los ritmos contemplativos y las pausas propuestas por las tradiciones y sabidurías ancestrales del otro lado del mundo. Conocimientos que se han sabido integrar en mayor o menor medida dentro de las costumbres de quienes habitan esos territorios, sin que esto signifique que las transformaciones generadas por la globalización y las nuevas tecnologías dejen de afectarles. Sin embargo, podemos reconocer que aquellas enseñanzas transmitidas de generación en generación han dejado una marca en la cultura Oriental que poco a poco ha comenzado a tocar otros rincones del mundo.

Ahora bien, también en los distintos países de Occidente existen pueblos ancestrales que tenían (e incluso hoy algunos logran conservar) ciertos estilos de vida más cercanos a lo propuesto por la meditación, pero tal vez en estos casos ha sido más difícil la tarea de permear nuestros ritmos de vida actuales.

Para nuestro entendimiento el meditar sobre algo significa reflexionar, llevar aquella temática al plano “consciente” y racionalizar entonces sus variables. Sin embargo, desde lo que se propone en las prácticas de meditación podemos descubrir que este concepto tiene que ver con reconocer que muchas veces aquella parte que consideramos “consciente” está en realidad bastante poblada de conductas automatizadas, a raíz de patrones aprendidos e internalizados. Esta propuesta tiene que ver con observar esos patrones y de esta forma encontrar una mayor tranquilidad interior gracias a la libertad que se experimenta cuando dejamos de identificarnos tan fuertemente con nuestros pensamientos.

Tal como lo explicó Roger Walsh (1996), profesor de psiquiatría, filosofía y antropología de la Universidad de California en Irvine:

Por ejemplo, si aparece el pensamiento «estoy asustado» y se contempla justamente como un pensamiento, ejerce poca influencia. En cambio, si el individuo se identifica con ese pensamiento, entonces lo que experimenta verdaderamente es que está asustado. Esta identificación pone en marcha un proceso de auto cumplimiento, de profecía autocumplida por el cual la experiencia y los procesos psicológicos correspondientes se presentan para validar la realidad con la cual el individuo se halla identificado. El pensamiento «estoy asustado» ya no es una cosa que pueda ser vista, sino un pensamiento desde el cual se ve e interpreta todo lo demás. (p.19)

De esta forma la práctica de la meditación viene a hacernos una invitación muy liberadora dentro de tanta rapidez y sobre estimulación. Es una herramienta, un camino, una puerta desde la cual podemos ingresar a un espacio de calma y contemplación, donde el sólo hecho de desconectarnos de los estímulos externos y proponernos llevar consciencia a nuestro presente puede regalarnos grandes beneficios y en la continuidad generar importantes cambios en nuestra vida. Porque esta práctica nos entrega nuevas perspectivas para aplicar en las situaciones de nuestro día a día, gracias a la liviandad que nace cuando suavizamos el ritmo de nuestros pensamientos.

Es normal que en el encuentro de esta práctica con la cultura occidental surjan algunas resistencias, creencias y mitos propios de la adaptación. Por eso es importante no asustarse con las ideas de que meditar significa lograr tener nuestra mente en blanco o de que debe ser siempre una práctica sumamente placentera y renovadora. La verdad es que ponerse a observar aquello que nos está pasando en el presente y todo lo que estamos procesando en nuestro cerebro, muchas veces puede ser abrumador e incómodo. No suele sernos fácil cambiar nuestros hábitos, pero esto no quiere decir que sea imposible o que lo estemos haciendo mal. La integración de la práctica puede ser paulatina y puede realizarse de distintas maneras, ya que lo “correcto” tiene que ver con aquellas sensaciones que se experimentan de forma personal y no con estándares externos de validación.

En este caso lo simple está perfecto, la compañía de un profesor, guía o terapeuta suele ser de mucha ayuda tanto en los primeros pasos como en la mantención de la práctica, así como también puede ser inspirador aprender un poco sobre la meditación desde distintas culturas y perspectivas. Además, leer o comentar experiencias de otras personas y a su vez permitirnos probar en distintos momentos de nuestra vida nos ayuda para no quedarnos con una única impresión, evitando de esta forma generar expectativas sobre lo que “debe” ocurrir cuando meditamos.

Por otro lado, es bueno saber que existen distintos tipos de meditación y que:

La práctica de la Meditación puede dividirse en dos categorías principales: prácticas de concentración y prácticas de consciencia. La Meditación de concentración tiene como objetivo desarrollar especialmente la habilidad de la mente para enfocar la atención imperturbablemente en objetos específicos como la respiración, una emoción o un factor mental. La Meditación de consciencia se centra en la naturaleza de la mente, de la consciencia y del flujo continuo de la experiencia, momento a momento. (Walsh, 1996, p.20)

De esta forma las prácticas de concentración nos ofrecen un buen camino para comenzar a meditar. En ello la respiración se nos presenta como una muy buena aliada para guiar nuestra atención, proponiéndonos percibir los sutiles cambios que se experimentan en nuestro cuerpo cada vez que inhalamos y exhalamos. Podemos notar la temperatura del aire cuando ingresa y cuando sale por nuestra nariz, así como también percibir el movimiento de nuestro pecho y nuestro abdomen durante la respiración. Junto con estas sensaciones comenzaremos a descubrir que la atención no se mantiene por mucho tiempo en un solo punto y que durante el proceso suelen aparecer una serie de pensamientos “involuntarios” que nos “distraen”. Lo importante allí es que no interpretemos aquello como algo “malo” sino que podamos observar los pensamientos sin clasificarlos y que con la práctica descubramos formas amables para llevar nuevamente la atención hacia nuestra respiración.

Por su parte las prácticas de consciencia tienen que ver con dejar que transcurran más libremente aquellos pensamientos “involuntarios” y con la ejercitación conseguir desprenderse cada vez más de los juicios y las identificaciones. De esta forma los espacios entre un pensamiento y otro pueden expandirse y con esto bajar los ritmos mentales que acostumbramos a tener en el transcurso de nuestra cotidianeidad.

Ya sea que nos sintamos o no en un momento de cansancio metal, la meditación puede transformarse en una herramienta potenciadora de nuestra paz interior. Sin tener una relación necesaria con ninguna religión o estructura, esta práctica comúnmente enseñada por las culturas ancestrales de Oriente es una herramienta que hoy tenemos la posibilidad de conocer. Es un ejercicio que no requiere de instrumentos especiales y que puede intentarse cuantas veces se desee. Es un espacio de conexión con uno misma/o que a su vez puede transformar nuestra conexión con el entorno y es uno de los tantos caminos mediante los cuales podemos ir hacia nuestro bienestar. Si es que resuena en ti entonces puedes darle una oportunidad.

  • Walsh, R. (1996) Meditación. Natura Medicatrix: Revista médica para el estudio y difusión de las medicinas alternativas, ISSN 0212-9078, Nº. 43 (primavera – verano), págs. 16-22

Primero Soy humana y busco no olvidarlo, esto que comparto es parte de ese propósito.

Me llaman Antonia, desde que mis padres lo eligieron entre tantos otros nombres.

Ser parte de esta especie (única capaz de leer este mensaje, hasta lo que tengo entendido), es un hecho que me provoca una profunda curiosidad, sobre todo las formas que tenemos para expresamos. Cómo nos reconocemos en lo que otros expresan y cómo (co)creamos en ese intercambio de sentidos y significados, que construye el entramado de nuestra vida.

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