Consciencia, hábitos y creencias - mayo 24, 2022

¿Por qué decimos que el cuerpo nos habla?

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Aun cuando nuestras células no tienen boca para poder hablarnos a través de palabras, sus reacciones y respuestas son una fuente de innumerables señales que retratan nuestros procesos internos. Desde los cambios más efímeros, como puede ser la diferencia del color de nuestras mejillas debido a una emoción fuerte, hasta los más permanentes, como la desviación de alguna vértebra debido a una mala postura, todas las manifestaciones de nuestro cuerpo son posibilidades de conocernos mejor.

Y no es raro que muchas veces tomemos estas señales con desgano, frustración e incluso rabia, porque si aparecen granos en nuestra cara o nos da un sarpullido en la piel esto no nos agrada en lo absoluto y entonces sólo pensamos en que queremos que desaparezca. Sin embargo, no solemos reflexionar sobre el por qué está ocurriendo esto en nuestro cuerpo. Es totalmente entendible que los síntomas y/o los problemas de salud nos generen incomodidad, pero lo importante es que en cierto punto seamos capaces de mirar más allá del deseo de encontrar un antídoto instantáneo. Esto debido a que es la única forma de encontrar la raíz desde donde surge la manifestación que nos está afectando.

Lo más común es que frente a un síntoma nos recomienden visitar a un médico y con esto conseguir algún tratamiento para eliminar esa sintomatología, pero tal como hemos hablado en otras ocasiones, tratar la superficie del problema no nos permite liberar aquello que está siendo el causante de tal situación. Por esta razón debemos enfrentarnos a la resistencia que nos impide mirar al síntoma con aceptación y con la verdadera convicción de querer sanarnos.

Aunque existen diversos casos en que la medicina tradicional es de gran ayuda, esto no cambia el hecho de que en todas las situaciones es bueno ser el protagonista de nuestro proceso, manteniendo una conexión con el cuerpo y reconociendo que no sólo es el vehículo que nos permite pasar por esta vida, sino que es un sostenedor de nuestra vitalidad que está en constante adaptación.

Una de las formas más tangibles en las que entramos en contacto con nuestro cuerpo es la alimentación y es esta también una de las formas en que podemos generar fuertes diferencias en cuanto a los estados de enfermedad y salud. En este sentido las manifestaciones como la inflamación, la acidez, los gases y la picazón en algunas zonas del cuerpo, son algunas de las señales que generalmente no son escuchadas pero que están constantemente avisando de que algo ocurre. Entonces es necesario soltar las resistencias que no nos permiten reconocer que algo nos está pasando y abrirnos a observar qué es lo que podemos hacer para mejorar aquel problema.

Pero el origen de la enfermedad no es únicamente alimenticio, también es hereditario. Y de esta forma también contiene una serie de marcas emocionales que se pueden gatillar desde la infancia. Como el cáncer, que es el resultado de una pena muy grande vivida en aislamiento y la artritis que es gatillada por un sentimiento de impotencia, por querer hacer algo y no poder. (Duchesne, 2013, p.66)

Estos son algunos de los casos en que ciertas emociones y resistencias se encapsulan en nuestro cuerpo y es aquí donde radica la importancia de poder procesar y soltar aquello que nuestro organismo desea liberar.

“Por eso los enfermos deben hacer un cambio de mentalidad para mejorarse. Cuando uno tiene un problema es necesario tratar de solucionarlo, pero si no tiene solución hay que aceptarlo.” (Duchesne, 2013, p.66)

Porque tal vez nos han enseñado dentro de una sociedad occidental competitiva que rendirse es negativo, pero en algunos casos es una actitud necesaria y sanadora. Comprender que nuestra mente no es la única que sabe algo sobre nosotros mismos es también necesario para darle espacio a otras informaciones que nos componen y que muchas veces guardan elementos más profundos y/o antiguos de nuestra vida. Rendirse en cuanto a dejar de imponer pensamientos e interpretaciones para poder escuchar lo que nuestro cuerpo realmente está sintiendo y desde allí poder crear nuevas asociaciones e incluso nuevos movimientos que cambien aquello que nos enfermó.

Poder rendirnos también nos impulsa a buscar ayuda y contención cuando la necesitamos, evitando que aquellas experiencias desagradables se atasquen en el cuerpo y nos generen un trauma. Porque lo que vuelve a algo traumático no es la situación en sí misma sino la forma en que logramos procesarlo.

Hay momentos en nuestra vida en que se nos hace más difícil escuchar nuestra conexión emocional o espiritual y es entonces cuando nuestro cuerpo físico nos susurra: «no temas, aquello que no has visto, yo te lo voy a mostrar» y esto lo hace desde la protección y el amor. Desde los años de evolución que nos traen aquí y desde la enorme sabiduría que guardan nuestras células.

El bruxismo es uno de los ejemplos que podemos encontrar presente en gran parte de la población y que a su vez no tiene una clara explicación o tratamiento por parte de la medicina tradicional. Esta contracción de los músculos faciales puede traer grandes molestias como el dolor de cabeza o el desgaste de lo dientes, entre otras. Sin embargo, esta tensión crónica en el músculo también involucra una estructura de comportamiento que puede generar respiraciones cortadas, mala postura, irritabilidad y dificultad de adaptación frente al cambio.

Un dato interesante frente a esto es que la acción de apretar la mandíbula, aunque puede verse potenciada por momentos recientes de estrés, falta de sueño y mala alimentación, su presencia tiene que ver con el trauma y con la actitud corporal de protección frente a una amenaza. Tiene que ver con aguantar y resistir para travesar algo indeseado. Entonces la escucha de esta manifestación tan común en nuestros días nos sirve de representante de las demás situaciones donde nuestro cuerpo quiere advertirnos de algo, pero al no escucharlo, la señal se nos vuelve crónica y nos cuesta aún más identificar su origen.

Esto no quiere decir que todas las señales son fáciles de descifrar en sus primeras manifestaciones, pues existen algunas que provienen de experiencias de la infancia o incluso se relacionan con la vida intrauterina, pero sin duda si mantenemos una escucha atenta a nuestro cuerpo podremos evitar que estas señales no escuchadas terminen alimentando alguna manifestación mayor.

Tal como un niño que se siente frustrado porque no le prestan atención y sus mejillas se tornan rojas exhibiendo su necesidad no resuelta, nuestro cuerpo va dejando en evidencia aquellas necesidades que no hemos podido o no sabemos resolver con nuestra mente. Nos comunica incluso algunas cosas que no alcanzamos a hacer conscientes o que elegimos eliminar rápidamente de nuestros pensamientos y es por esto que representa un mensaje muy valioso y fundamental a la hora de cuidar nuestra salud.

Y para ayudarnos a integrar esta postura frente a los síntomas que aparecen en nuestra vida es bueno acompañarla de una buena dosis de gratitud, comprensión y amor. Ya que en todo momento nuestro cuerpo hace lo mejor que puede y busca contrarrestar aquellas cosas que nos generan desequilibrio. Es en el fondo una maquinaria hermosa y cargada de vida que busca conservar nuestra energía y permitirnos disfrutar lo más posible.

Primero Soy humana y busco no olvidarlo, esto que comparto es parte de ese propósito.

Me llaman Antonia, desde que mis padres lo eligieron entre tantos otros nombres, y soy estudiante de Comunicación Social, como también de la vida.

Ser parte de esta especie (única capaz de leer este mensaje, hasta lo que tengo entendido), es un hecho que me provoca una profunda curiosidad, sobre todo las formas que tenemos para expresamos. Cómo nos reconocemos en lo que otros expresan y cómo (co)creamos en ese intercambio de sentidos y significados, que construye el entramado de nuestra vida.

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