Medicina y calidad de vida - Medio Ambiente - mayo 30, 2022

¿Qué podemos hacer frente a los disruptores endocrinos?

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La evolución de nuestra especie a traído consigo un montón de cambios sobre la forma en que vivimos, impactando en los métodos de construcción, la vestimenta, la producción de alimentos y muchas otras áreas que construyen nuestro diario vivir. En estas transformaciones podemos ver que el avance de la tecnología a realizado grandes descubrimientos que nos permiten solucionar algunas problemáticas como las distancias o el tratamiento de algunas enfermedades, sin embargo, también ha generado nuevos problemas de los cuales no siempre somos conscientes.

Si nos paramos a imaginar una plaza donde juga un grupo de niños mientras sus madres los observan, podremos notar que antiguamente esos juegos estaban hechos de madera y metal, que el aire estaba menos contaminado y que las colaciones que guardaban las madres para después de jugar estaban compuestas por fruta o productos mayormente caseros. Pero ¿qué pasa hoy en día?, muchos de los juegos están hechos de plásticos que se ven expuestos al sol (liberando químicos perjudiciales), el aire está cada vez más cargado de contaminantes, las madres suelen estar en el celular y las clásicas colaciones para los niños son alimentos procesados y empaquetados en bolsas de plástico.

¿Qué representa esto? Es una forma de reflexionar sobre cómo los químicos, los plásticos y la desconexión de nuestra atención se han ido insertando cada vez más en nuestras formas de vida. Por esto es importante comenzar a informarnos, no desde el temor o la paranoia sino desde la conexión, la consciencia y la comprensión de nuestras etapas, sobre aquellas cosas que día a día pueden estar afectando nuestra salud.

En el ejemplo, la presencia de los celulares es un primer punto para considerar en cuanto a la cantidad de tiempo que estamos destinando a consumir realidades virtuales. Debido a que este nuevo hábito suele quitarnos autonomía sobre nuestra propia realidad, disminuye nuestra presencia y nuestra atención, por tanto, también, nuestra libertad. Porque si bien no se trata de demonizar a las nuevas tecnologías, es muy importante conservar algunos espacios libres de estímulos instantáneos, sin anuncios y sin informaciones externas, para poder conectar con nuestros propios pensamientos y sensaciones, así como también con otras personas. Esta es una forma de permanecer presentes en nuestras vidas y así poder cuidar de nuestra salud y nuestro bienestar, permitiéndonos a su vez identificar qué estímulos y qué informaciones nos hacen sentido y cuáles no.

Por otro lado, es importante mantener una mente curiosa y reflexiva que nos de la posibilidad de descubrir qué cosas nos están incomodando y de tomar en nuestras manos la responsabilidad de encontrar los orígenes de aquellas cosas que no nos están haciendo bien. Porque hoy existen diversos productos que se escapan del lenguaje o entendimiento cotidiano, dificultando nuestro conocimiento pleno sobre aquello a lo que nos vemos expuestos día a día. Entonces se vuelve necesario que nos preguntemos por el origen de lo que comemos y de aquellas cosas con las que interactuamos constantemente.

Es aquí donde cobra importancia la diferencia de material en los juegos de los niños o los alimentos procesados que hoy identificamos en la sección de colaciones dentro de los supermercados, porque en estos elementos es donde podemos encontrar algunos productos químicos que están siendo nocivos para nuestra salud.

En este caso nos proponemos profundizar respecto a los disruptores endocrinos debido a que se han transformado en uno de esos temas que necesitamos conocer para poder accionar algunas medidas en pos de nuestro cuidado y el de nuestras familias.

Los disruptores endocrinos son “un conjunto diverso y heterogéneo de compuestos químicos capaces de alterar el equilibrio hormonal y capaces de tener efectos adversos sobre la salud de un organismo o de su progenie”.  Y cobran gran relevancia cuando comprendemos que “los seres humanos son la consecuencia, cambiante en el tiempo, de la relación recíproca entre una dotación genética única y una serie de experiencias, también única, en el mundo” (Pombo, et.al, 2020).

Actualmente aquella “serie de experiencias” que dependen de las condiciones ambientales a las que nos vemos expuestos, son las que están invadidas de productos químicos promovidos por la modernidad, pero que no han sido debidamente testeados para comprobar sus efectos (a corto y largo plazo) sobre nuestra salud y la de los demás seres vivos de este planeta.

En el caso de los disruptores endocrinos podemos encontrar algunos de origen natural, como lo son los fitoestrógenos presentes en la soja, la alfafa y el trébol. Algo que puede sonar bastante inofensivo pero que en el caso particular de la soja no se nos puede olvidar que esta legumbre está siendo ampliamente utilizada para alimentar ganados y para producir un montón de alimentos procesados, proviniendo además mayormente de plantaciones transgénicas. Por su parte, este tipo de plantaciones para fines industriales suelen utilizar pesticidas y fungicidas como el metoxiclor y el clorpirifos, que también entran dentro del grupo de los disruptores de nuestro sistema endocrino.

Además, podemos encontrar este tipo de químicos en disolventes y lubricantes industriales, en plásticos y plastificantes, en metales y en productos farmacéuticos, entre otros. Por lo tanto, la posibilidad de toparnos con algunos de ellos es bastante alta, pero ¿cómo es que interfieren en el funcionamiento de nuestras hormonas?

Si bien cada uno de ellos puede generar diferentes mecanismos de acción, en rangos generales lo que pueden provocar es una mimetización con alguna hormona presente en nuestro organismo, confundiendo a sus receptores o bien pueden antagonizar la acción de aquella hormona. Además, pueden alterar la producción y el transporte de la hormona o pueden modificar los niveles de receptores existentes.

Entonces, aunque sabemos que no podemos eliminar completamente estos químicos de nuestras vidas es bueno saber que sí existen algunas cosas que podemos hacer (1):

1. Entre los alimentos más contaminados estarían las frutas y verduras. Se debería priorizar el consumo de productos ecológicos. Es preferible consumir frutas y verduras frescas que congeladas. Antes de su consumo lavarlas exhaustivamente y, cuando sea posible, pelarlas.

 2. Usar materiales inertes como el vidrio.

 3. Usar fibras naturales.

 4. Reducir el consumo de alimentos enlatados.

5. Reducir el consumo de precocinados.

 6. Los alimentos frescos deben ser el pilar de la dieta y hay que evitar los procesados (con muchos ingredientes en su etiquetado). Cada vez que comemos alimentos altamente procesados, estamos expuestos a aditivos químicos, y – por las sustancias químicas que causan efectos tóxicos similares – esa exposición combinada puede aumentar el daño a nuestra salud.

7. Leer bien las etiquetas de los cosméticos y de los productos de limpieza.

8. No calentar alimentos en recipientes fabricados con bisfenol A.

 9. Limitar el consumo de pescado azul de gran tamaño.

10. Dentro de lo posible, consumir carnes sin hormonas, pesticidas y fertilizantes.

11. Lavar las manos con frecuencia, ya que en la vida diaria nos exponemos a multitud de DEs.

12. Procurar evitar adherentes (teflón) en los utensilios de cocina (como sartenes). El problema no es el teflón mismo, sino un solvente llamado ácido perfluorooctanoico (PFOA) que se usa para fijar el antiadherente. La Unión Europea lo ha prohibido desde el año 2017, aunque en algunos casos específicos se ampliará hasta el 2023, y actualmente se pueden encontrar antiadherentes libres de PFOA.

13. Evitar el uso de insecticidas en la casa y alrededores.

14. Utilizar productos de higiene libres de parabenos. No abusar de las toallitas higiénicas

(1) Arias, M. P., Castro-Feijóo, L., Conde, J. B., & Rodríguez, P. C. (2020). Una revisión sobre los disruptores endocrinos y su posible impacto sobre la salud de los humanos. Rev Esp. Endocrinol Pediatr11(2), 33-53.

Primero Soy humana y busco no olvidarlo, esto que comparto es parte de ese propósito.

Me llaman Antonia, desde que mis padres lo eligieron entre tantos otros nombres, y soy estudiante de Comunicación Social, como también de la vida.

Ser parte de esta especie (única capaz de leer este mensaje, hasta lo que tengo entendido), es un hecho que me provoca una profunda curiosidad, sobre todo las formas que tenemos para expresamos. Cómo nos reconocemos en lo que otros expresan y cómo (co)creamos en ese intercambio de sentidos y significados, que construye el entramado de nuestra vida.

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